Tiene que ser un pueblo muy pueblo para que de entrada le sirvan una cazuela de pava, con dos papas, un choclo partido por la mitad, un pedazo de zapallo, algunas tiras de porotos verdes, algo de perejil y una pizca de ají cacho de cabra.
Tiene que ser un pueblo muy pueblo para que antes de una entrada de cazuela, le sirvan una fuente de pan amasado con un pebre cuchareado que levanta hasta el más muerto de todos los que habitan en el cementerio.
Tiene que ser un pueblo muy pueblo para que de plato de fondo le sirvan un platazo de arroz graneado, con papas cocidas y un trozo contundente de cabrito asado. Todo esto adosado con buenas cantidades de pebre.
Tiene que ser un pueblo muy pueblo para que venga la misma dueña del restaurante, la señora Margot González, a preguntarle cómo estaba la comida, le retire los platos y enseguida ponga frente a sus narices un postre de leche al cual ella llama con cariño ‘macho ruso’, que a simple vista parece una sémola, pero que en realidad sabe mucho más que eso.
Tiene que ser un pueblo llamado Pichasca, en el Valle del Limarí y un restaurante llamado Flor del Valle para que todo esto ocurra en una tarde invernal, luego de haber bajado del Monumento Natural Pichasca con un hambre de los mil demonios y encontrar un lugar así, donde además aprovechamos de comprar una docena de pasteles chilenos y una botella de arrope de uva.
Por Germán Gautier